Síndrome de hiperemesis cannabinoide
Vómitos, duchas calientes y una guardia que recién ahora empieza a nombrarlo
En 2004, un grupo de médicos del sur de Australia publicó en la revista Gut una serie de nueve pacientes con el mismo cuadro raro: vómitos cíclicos que volvían cada pocas semanas, dolor abdominal, ninguna causa que apareciera en los estudios. Todos consumían cannabis a diario desde hacía años. Y todos habían descubierto por su cuenta la misma cosa: el agua caliente les calmaba los síntomas. Se duchaban cinco, diez veces por día, algunos hasta quemarse. Cuando dejaron de consumir, el cuadro desapareció. Cuando alguno volvió, el cuadro volvió.
Ese paper le puso nombre a algo que las guardias ya veían: síndrome de hiperemesis cannabinoide. Veintidós años después sigue siendo un diagnóstico de exclusión, se sigue confundiendo con gastritis, con pancreatitis, con trastorno alimentario, y el paciente promedio pasa por varias consultas y estudios caros antes de que alguien pregunte lo único que hace falta preguntar.
El cuadro tiene tres fases y ninguna es sutil. Una prodrómica, que puede durar meses o años, con náusea matinal y miedo a vomitar. Una hiperemética, donde el vómito se vuelve incoercible: hasta veinte episodios por hora, deshidratación, y ahí es donde aparece la ducha compulsiva. Y una de recuperación, que llega solo si el consumo se interrumpe. La revisión que JAMA publicó en agosto de 2026, firmada por médicos de la Mayo Clinic y de la Universidad de Ohio, describe la fase aguda como veinte a noventa minutos de náusea con sudoración, seguidos de hasta diez días de vómitos.
Sobre por qué pasa, la respuesta honesta es que no se sabe. La hipótesis más aceptada mira dos receptores. El CB1, sobre el que actúa el THC: en el consumo agudo suprime la náusea, pero con exposición crónica e intensa la señal se desregula y hace lo contrario. Y el TRPV1, el mismo que responde al calor y a la capsaicina del ají: la exposición prolongada a cannabinoides lo inactiva, y eso explicaría por qué el agua caliente funciona. El paciente que se ducha diez veces por día está haciendo, sin saberlo, farmacología sobre un receptor. En 2024, un trabajo en Frontiers in Toxicology encontró cinco mutaciones más frecuentes en pacientes con el síndrome que en consumidores frecuentes sin síntomas: una en el TRPV1, dos en genes de dopamina, una en la enzima que metaboliza el THC y otra en un transportador celular. Explicaría por qué le pasa a algunos y no a todos. Es una hipótesis, no una respuesta.
Hay otra explicación que circula mucho, sobre todo entre quienes cultivan, y conviene decir dónde está parada. Sostiene que el síndrome no lo causa el cannabis sino lo que viene con él: el aceite de neem y su principio activo, la azadiractina, que se usa como insecticida en cultivo; otros plaguicidas; fertilizantes; metales pesados que la planta absorbe del suelo. Es una idea atractiva porque exculpa a la planta. La evidencia va en contra por tres lados. La intoxicación por azadiractina tiene un cuadro propio, con convulsiones y acidosis, que no aparece en estos pacientes. El síndrome está documentado desde 2013 en consumidores de cannabinoides sintéticos, el K2 o Spice, que son moléculas de laboratorio que activan el mismo receptor CB1 sin planta, sin suelo y sin plaguicida. Y aparece también con productos de mercados regulados que se analizan lote por lote. La revisión de Russo y Whiteley de 2024, la misma que propone la hipótesis genética, repasa estas alternativas una por una y las descarta. Que el cannabis pueda traer metales pesados es un problema real y aparte: no explica este cuadro.
Lo que sí cambió, y mucho, es la cantidad de gente que llega a una guardia con esto. Un estudio publicado en JAMA Network Open en noviembre de 2025 revisó más de 188 millones de consultas de urgencia en Estados Unidos: las que involucraban el síndrome pasaron de 4,4 por cada 100.000 en 2016 a un pico de 33,1 en el segundo trimestre de 2020 y se estabilizaron en 22,3 en 2022. Cinco veces más en seis años. Dos tercios de esas consultas fueron de personas de entre 18 y 35 años.
En Ontario el aumento fue de trece veces en siete años y medio, sobre 12.866 consultas. Y ahí hay un hallazgo que conviene leer despacio, porque no dice lo que muchos titulares le hicieron decir: la legalización de 2018 no se asoció con más consultas. Lo que sí se asoció fue la comercialización posterior del mercado, cuando se multiplicaron los locales y los productos de alta potencia, en un período que además se superpuso con la pandemia. El propio estudio marca esa superposición como limitación.
El dato más nuevo es el que explica el título de esta nota. Hasta septiembre de 2025, en Estados Unidos no existía un código de diagnóstico para el síndrome: quien lo tenía se anotaba como "vómitos", "dolor abdominal" o "trastorno por consumo de cannabis". El 1 de octubre de 2025 entró en vigencia el código R11.16, específico. El CDC publicó los resultados el 6 de agosto de 2026: las consultas registradas pasaron de 3,35 por cada 10.000 en septiembre a 11,26 en octubre, el primer mes con el código nuevo. En los ocho meses siguientes el promedio se mantuvo en 3,7 veces el nivel previo. Sobre un total de 199.565 consultas entre enero de 2023 y mayo de 2026.
La lectura del propio CDC es la que hay que retener: ese salto refleja, al menos en parte, mejor reconocimiento y codificación más consistente de un cuadro que antes se perdía en otras categorías. No es que en octubre se hayan enfermado tres veces más personas. Es que en octubre empezaron a contarse. La diferencia entre esas dos frases es toda la nota.
Todo esto explica por qué el síndrome se volvió, en menos de un año, uno de los temas de salud pública más repetidos de Estados Unidos. La secuencia se puede fechar. En noviembre de 2025 salió el estudio de JAMA Network Open con los 188 millones de consultas. En diciembre, CNN publicó la palabra que iba a quedar: scromiting. A principios de 2026, el editorial del New York Times. El 6 de agosto, el informe del CDC. Ese mismo mes, la revisión de JAMA. El 1 de septiembre, un editorial del Washington Post pidiendo advertencias en los productos; el 2, una nota de Time; el mismo día, otra del Washington Times con la palabra "scream-vomiting" en el título. En diez meses el cuadro pasó de la literatura de urgencias a las tapas, y el volumen de casos nuevos y el volumen de cobertura no son lo mismo, aunque en los titulares se confundan.
Y acá empieza la pelea. En 2026 el consejo editorial del New York Times publicó un editorial titulado "Estados Unidos debe admitir que tiene un problema con la marihuana", donde afirmó que cerca de 2,8 millones de personas sufren el síndrome cada año en ese país. La cifra se replicó en decenas de medios. Su origen es un solo estudio de 2018: investigadores encuestaron en la guardia de un hospital público de Nueva York a personas que fumaban veinte o más días por mes, se quedaron con 155 casos, encontraron que el 32,9% cumplía criterios compatibles, y escribieron que *si el hallazgo fuera generalizable*, unos 2,75 millones de estadounidenses podrían sufrir un fenómeno similar. Ese condicional se perdió en el camino.
La revista The Argument salió a discutirlo en una nota titulada "No, 2,8 millones de estadounidenses no están gritando y vomitando": una muestra mal construida en un solo hospital y una definición demasiado amplia, argumentó, no alcanzan para estimar la prevalencia de un país. La respuesta del otro lado también es válida: que la cifra sea frágil no vuelve frágil al síndrome. Las series de guardia, el aumento en Ontario y el registro del CDC son mediciones independientes y todas apuntan en la misma dirección. Lo que no hay es un número nacional confiable, y el hueco lo llenó una extrapolación.
De paso, el vocabulario también se volvió parte de la disputa. Scromiting es una contracción de *screaming* y *vomiting*, gritar y vomitar. No es una categoría médica: nació en las guardias y lo adoptaron los titulares porque suena mejor que "hiperemesis". Describe algo real y a la vez empuja la lectura hacia el espanto.
Del tratamiento se sabe poco y lo poco que se sabe es incómodo. Los antieméticos habituales, los que funcionan para cualquier otro vómito, acá casi no sirven. Lo mejor documentado es el haloperidol intravenoso: un ensayo aleatorizado de 2020, con apenas 33 pacientes, mostró que supera al ondansetrón en náusea, dolor y tiempo hasta el alta. Hay evidencia menor para el droperidol combinado con difenhidramina y para la capsaicina tópica en el abdomen, que es la versión farmacéutica de la ducha caliente. Todo eso corta el episodio. Ninguno evita el siguiente. La única medida que resuelve el cuadro, dice la revisión de JAMA, es la abstinencia sostenida, y sus autores recomiendan acompañarla con consejería y reducción gradual antes que con un corte abrupto.
Sobre los factores de riesgo hay más consenso: consumo diario o casi diario durante años, inicio en la adolescencia, y una mayoría de varones, alrededor de siete de cada diez pacientes según la misma revisión. La potencia aparece como sospechosa en casi toda la literatura reciente, pero como hipótesis: es coherente con la curva temporal y con el hallazgo de Ontario, y no está demostrada como causa.
En Argentina no hay ningún número. No localizamos una serie de casos publicada en una revista médica argentina, ni una estadística de guardias, ni un código que lo identifique. Hay casos publicados en España, Chile y Ecuador, y una nota periodística de 2018. La Encuesta Nacional sobre Consumos y Prácticas de Cuidado midió que el 13,8% de la población consumió marihuana en el último año, pero no desagrega el dato que importaría acá, que es cuánta gente consume a diario y desde hace cuánto.
Y sin embargo Argentina tiene algo que Estados Unidos no tuvo hasta octubre: una población identificada. El REPROCANN es la puerta por la que miles de personas pasaron de consumir en la ilegalidad a hacerlo con indicación médica, con nombre, con seguimiento profesional y con una vía de contacto con el sistema de salud. Ese es exactamente el instrumento que la literatura sobre este síndrome no tiene en ningún lado: un registro de consumidores regulares y prolongados, vinculados a un médico tratante. Las guardias estadounidenses tuvieron que inventar un código para empezar a contar. Acá el registro ya existe. Lo que falta es una pregunta adentro: cuántas de esas personas tuvieron vómitos cíclicos, y una línea en los materiales del programa que le diga al paciente que, si empieza con ese cuadro y descubre que el agua caliente lo alivia, las dos cosas pueden estar conectadas y hay que contárselo al médico que lo indicó. Es lo que el programa está en mejores condiciones de hacer que nadie.
El código R11.16 no creó una enfermedad: le puso un casillero. Argentina no tiene ese casillero, pero tiene un registro con médico tratante que ningún otro país usó para esto. La respuesta a cuántos casos hay acá no es "pocos". Es que todavía nadie preguntó, y hay dónde preguntar.
Fuentes
- Allen JH et al. · "Cannabinoid hyperemesis: cyclical hyperemesis in association with chronic cannabis abuse", Gut, 2004, el paper fundacional
- CDC · MMWR, "Trends in Emergency Department Visits Involving Cannabis Hyperemesis Syndrome Identified Using a New Diagnosis Code", 6 de agosto de 2026
- JAMA Network Open · consultas de urgencia por hiperemesis cannabinoide en Estados Unidos, 2016 a 2022, sobre 188 millones de visitas
- Myran DT et al. · JAMA Network Open, 2022: el aumento de trece veces en Ontario y la diferencia entre legalización y comercialización
- Toce MS et al. · JAMA Network Open, julio de 2025: 4.571 consultas de adolescentes de 13 a 21 años, aumento del 49%
- JAMA Insights · la revisión clínica de agosto de 2026, Mayo Clinic y Universidad de Ohio
- Habboushe J et al. · la prevalencia del 32,9% entre 155 fumadores frecuentes, y la extrapolación de 2,75 millones
- The Argument · "No, 2.8 million Americans are not scream-vomiting", la crítica a la cifra del editorial del New York Times
- HaVOC · ensayo aleatorizado de haloperidol contra ondansetrón, Annals of Emergency Medicine, 2020
- Russo EB y Whiteley CC · Frontiers in Toxicology, 2024: las cinco mutaciones asociadas al síndrome, y el repaso de las hipótesis de plaguicidas y contaminantes
- Ukaigwe A et al. · Case Reports in Emergency Medicine, 2014: hiperemesis por K2, un cannabinoide sintético sin planta
- Hopkins CY y Gilchrist BL · Journal of Emergency Medicine, 2013: el primer caso descripto con cannabinoides sintéticos
- The Washington Post · editorial del 1 de septiembre de 2026 pidiendo advertencias a los usuarios
- Time · "What is Scromiting? ER Doctors Are Seeing it More", 2 de septiembre de 2026
- SEDRONAR e INDEC · Encuesta Nacional sobre Consumos y Prácticas de Cuidado, el 13,8% de consumo de marihuana en el último año
- La marihuana, ¿se volvió demasiado potente? (Revista Cannis), el debate sobre la potencia que atraviesa esta nota